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Fue el escritor uruguayo Angel Rama, el que acuñó la expresión “ciudad letrada”, para referirse a las urbes coloniales desde donde emanaban los escritos variados, tanto de intelectuales, teólogos, juristas y escribanos. Lo letrado implicaba un ordenamiento tanto mental como práctico de la ciudad. Mientras el alarife trazaba las manzanas y el ayuntamiento fijaba las ordenanzas; los teólogos y juristas iban dando las orientaciones para el comportamiento moral como de observancia de lo que se deseaba de una urbe.  

  

 

Antofagasta tuvo el privilegio de gozar de las franquicias que otorgó la legislación municipal boliviana, como hemos tenido ocasión de señalar en un estudio de homenaje al destacado historiador del derecho Bernardino Bravo Lira. Sin embargo, tales prerrogativas que permitieron cierta liberalidad en las disposiciones acordadas por el municipio antofagastino creado en 1872 y dominado, desde entonces, por nuestros compatriotas, dieron cabida  a variadas directrices sobre la novel ciudad. Los intereses comerciales y mineros posibilitaron la conectividad con la riqueza salitrera y de la plata de su hinterland; para ello se dispuso de calles anchas por donde debían transitar las carretas y posteriormente los trenes, tanto el urbano como el salitrero y el internacional.  

 

También fue necesario coaccionar a la población para que asumiera un padrón de una urbe moderna y no mantuviera las costumbres de un campamento minero. Se ordenó desde el alumbrado público, el aseo, el amarre de los caballos hasta la prohibición de conductas que hicieran dudar del adelanto experimentado, como el alcoholismo, los juegos de azar y los pugilatos. De esta manera, Antofagasta asumió la condición de ciudad letrada en el desierto de Atacama. Y esto exigió contar con reglamentos, ordenanzas que dieran cuenta que junto con los avances experimentados en la infraestructura debían acomodarse los modales y conductas de un estilo de vida que diera razón a la urbanidad. La “sociedad de fronteras”, abierta en sus cánones, tolerante con todas las expresiones espontáneas de una villa joven, dio paso a la  “sociedad urbana” y con ella lo fundamental, el proceso de institucionalización.  

 

Las instituciones, con sus propios códigos de conductas, reforzaron el quehacer de la vida ciudadana manifestada en el municipio. La Iglesia, los clubes sociales, la masonería, los partidos políticos, las sociedades de socorros mutuos, contribuyeron a dotar a la comunidad incipiente de variados espacios de sociabilidad, mediante la adscripción a sus propias normas.  

 

Este periodo histórico por afianzar a la ciudad de Antofagasta como “ciudad letrada” significó apoyarse decididamente en la acción estatal. Fue el  Estado el que definió el paradigma de los códigos culturales vinculados a la racionalidad, a la lógica y a la escritura.  

 

En gran medida, dotar de establecimientos educacionales- desde las humildes escuelas primarias hasta los liceos, el primero en 1888- que contribuyeron a extender el silabario y la gramática, cohesionar el vehículo de transmisión de la cultura nacional, un constructo fundamental en el aparato ideológico del Estado. La ciudad cobijó al liceo. Aquello fue un símbolo de la propagación de la civilización- siguiendo el sentido etimológico de la civitas romana- ante la existencia de la oralidad en los espacios rurales, leídos desde la óptica estatal como remanente de costumbres paganas y altiplánicas. Aquello en pleno proceso de chilenización de la precordillera andina hacia fines del siglo XIX.  

El triunfo de la ciudad letrada fue disciplinar las márgenes de los límites urbanos. La periferia de las poblaciones populares, emergentes hacia fines del siglo XIX y consolidadas hacia 1906 con el barrio Bellavista, fue sometida a los reglamentos municipales. Uno de ellos hizo modificar en el decenio de 1890 la localización de los prostíbulos. Aquello significó que más tarde, hacia la década de 1910, se tuviera que reformar la ubicación de éstos y trasladarlos desde la calle 14 de febrero hacia Bellavista. Parte del centro de la urbe no podía estar afectado por tales establecimientos, máxime cuando dos instituciones se ubicaron en sus cercanías: la iglesia del Corazón de María en 1911 y el Hospital del Salvador en 1912. Esta última obra conjunta de la Iglesia y la Masonería. Lo normativo de ambas instituciones se canalizaba a través de la caridad y la filantropía respectivamente a favor de la sociedad local.  

 

La conclusión del proceso de urbanización, con aceras, calles adoquinadas, alumbrado, alcantarillado, distribución domiciliaria de agua potable en el centro socio-simbólico de la urbe hacia mediados de la década de 1910 coincidió con la urbanidad impuesta por los reglamentos edilicios y por la presencia de la inmigración europea que rápidamente erigió sus instituciones.  

La ciudad letrada de Antofagasta constituyó el referente intelectual de la región del desierto de Atacama, por su Ateneo, su prolífica prensa, por sus imprentas y librerías, por su ejemplo institucional estatal, municipal y privado. 

  

José Antonio González Pizarro es doctor en Historia, profesor titular de la Universidad Católica del Norte, académico de la Escuela de Derecho.

  

Fuente de las imágenes: el plano de Prada está en www.memoriachilena.cl. El tranvía está en www.tranviasdechile.cl. Las demás están en www.flickr.com/photos/76983769@N00/sets/72157594452649038/
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